¡Prestadme atención!

Me impresiona la cantidad de matices y conductas que observo en un lugar tan sencillo como es una cafetería.

No es la primera vez que el volumen de voz de los contertulios, y no mi curiosidad del contenido, haga que me convierta en testigo involuntario de lo que allí están hablando. Normalmente no me intereso por el tema tratado aunque constato en todos ellos la frecuencia conque se habla de otras personas o de uno mismo. Y si en ese momento se habla de cosas inanimadas, uno puede esperar que salten a los seres vivos sin esperar demasiado.

Con frecuencia observo la cara de angustia de aquél que se siente obligado a decir algo en la conversación. Quizás no se le ocurre nada, o bien es un tema que conoce poco. No pasa demasiado tiempo que el contertulio “revienta” la conversación diciendo una barbaridad, cambiando de tema drásticamente o llamando la atención de cualquier manera. Es como si no soportara el ninguneo, el ostracismo, la transparencia. Por supuesto que, después de la “barbaridad” dicha, todos se vuelven contra él recriminándole lo dicho. Pero ha conseguido lo que quería. Que estuvieran por él. Parece que prefiere que le critiquen y censuren a que no le hagan caso. Parece como si cuando las personas nos atienden, nos cargasen de algún tipo de energía necesaria. Incluso cuando la atención que nos otorgan es censura y reprobación.

Recuerdo un experimento clásico con ratas. Tan clásico y fácil de reproducir que ya no se menciona ni su primer experimentador. El experimento consistía en separarlas en tres grupos. Lo único que les unía era el tipo de habitáculo y la comida, que eran idénticos en calidad para todos. A la hora de comer, el investigador alimentaba al primer grupo junto con mimos, caricias y voz amorosa. Al segundo grupo se le daba la misma comida y cantidad. Sin embargo, mientras comían, les insultaba y molestaba, con empujones y golpecitos, aunque sin impedir que acabaran de comer. El tercer grupo no tenía contacto humano ya que era un automatismo mecánico el que les suministraba la comida. Al cabo de cierto tiempo, el grupo que tenía mejor salud era el que había sido alimentado junto con caricias y buenas palabras. El segundo grupo con mejor salud era el que había sido alimentado con molestias. El grupo que tenía peor salud de todos fue el que se alimentó mediante un mecanismo mecánico.

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